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En el ámbito de la Confederación Hidrográfica del Cantábrico se pueden diferenciar claramente cuatro unidades básicas de paisaje: la montaña; los valles intramontanos; el espacio costero con las sierras prelitorales y los espacios urbanos.


El carácter montañoso del territorio, combinado con la influencia atlántica, conforma una montaña de tipo alpino. El relieve montañoso está orlado por la presencia de sucesivas cadenas montañosas cuya divisoria de aguas marca el límite meridional, situadas a escasa distancia del litoral: en una buena parte del territorio solo 40 km separan las playas de los principales puertos de montaña. La Cordillera Cantábrica, al oeste, es la cadena montañosa más importante por longitud, extensión y altitud, y también la más accidentada, ya que los montes Vascos, que unen las estribaciones orientales del Pirineo con la cordillera Cantábrica, presentan un relieve más suavizado.

En Asturias preponderan los materiales del carbonífero, que dan lugar a los yacimientos de hulla a partir de los que se fraguó la industrialización, y la caliza de montaña que origina la singularidad de los Picos de Europa en cuyas crestas radican las mayores altitudes de la cordillera con cimas que rebasan los 2.500 m de altura.

En Cantabria los materiales son más recientes, están plegados y sus altitudes son modestas.

En el País Vasco las montañas del interior marcan la línea de separación entre las provincias de Gipuzkoa y Bizkaia con Araba/Álava. Se trata de crestas calcáreas de alturas comprendidas entre los 1.000 y los 1.600 m de altitud, que forman una barrera natural respecto de las zonas más llanas situadas en la cuenca del Ebro.


Desde la costa, los cauces de los ríos principales individualizan, junto a sus respectivos afluentes, valles abiertos hacia el mar, sierras, y cordales. En el oeste de la cuenca el sentido meridiano se impone hacia la costa sobre la que se desarrolla una estrecha franja, la rasa costera, que llega hasta el mar formando acantilados, rotos por las rías, abiertas en las desembocaduras de los cursos fluviales principales y en algunos cursos secundarios. Estos valles son unos de los pocos espacios llanos que hay en este territorio, por lo que se aprovechan para cultivos de regadío en las distintas vegas de los ríos. Estos valles también acogen una densidad de población bastante elevada, tanto en los espacios rurales como urbanos.

Más hacia el este, los cauces principales (Oria, Nervión y Cadagua, entre otros) forman un paisaje de valles sinuosos por los que suelen discurrir ríos caudalosos encajados en montañas de pendiente pronunciada pero de moderada altura, ya que son pocas las que superan los 1.000 m de altitud.

 

El relieve se organiza en una serie de unidades que, partiendo del litoral, están representadas, en primer lugar, por las rasas costeras abiertas al mar en acantilados y diseccionadas por la incisión fluvial, formándose algunas playas y rías. Detrás de las rasas se sitúan las sierras prelitorales, paralelas a la costa. Este territorio se encuentra ampliamente poblado, y las actividades principales que se desarrollan en él son las turísticas, aunque todavía conviven con las actividades agropecuarias tradicionales.

 

Al lado de las grandes concentraciones urbanas como es el caso Gijón, Oviedo, Santander, Bilbao y San Sebastián se despliega en nebulosa el hábitat disperso de las tierras llanas del litoral y de los valles de los principales ríos, fenómeno reforzado en estos últimos años por la implantación gradual del modelo de “ciudad difusa” propio de una economía postindustrial y terciarizada. Hasta el interior impera la concentración de pequeños pueblos y aldeas que, con frecuencia, se quedan por debajo de los 50 habitantes.

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